Espigadoras en los Andes

Mujeres y ancianas se juegan la vida por unas migajas de oro en los barrancos de las minas peruanas de La Rinconada

Una «Pallaquera» busca oro entre las piedras vertidas fuera de una mina de La Rinconada, Ananea, Perú. Foto © Albert González Farran.

La cineasta francesa Agnès Varda murió el pasado 29 de marzo en su casa de París. Tenía 90 años y, de su filmografía, lo que me cautivó más fue el documental Los espigadores y la espigadora (Las glaneurs te la glaneuse). Estrenada en el año 2000, la película es un formidable homenaje a todos aquellos recolectores de basura, aquellos que merodean en la suciedad y buscan algo útil entre lo que la gente lanza, a los que recogen las migajas de las explotaciones más salvajes. Es el último escalón de la sociedad de consumo. Originalmente, un espigador era antes que, con el permiso del agricultor, recogía, el grano que quedaba después de la siega. Era un trabajo duro y tenaz que la tradición agrícola nos ha dejado. Ahora, el significado se ha ensanchado y vemos espigadores y espigadoras por todo el mundo y de formas diferentes.

Yo vi unas muy especiales en La Rinconada, un pueblo de la cordillera de los Andes del Perú a unos 6.000 metros de altitud. Allí las llaman pallaqueras, de la expresión peruana que hace referencia a aquellas personas que faenan en las bocas de las minas, donde las máquinas extractoras vierten los escombros. Son barrancos de cientos de metros de peligroso desnivel donde las pallaqueras se abalanzan para buscar piedras con algunas migajas de oro.

La posición de una pallaquera, como la de un espigador, es de una humildad extrema. De rodillas o incluso tumbada en el suelo, se ensucia de pies a cabeza y se expone al peligro inminente de ser sepultada por una avalancha de rocas. Bajo las inclemencias del tiempo, con las manos destrozadas por el frío, la humedad y la dureza del mineral, se pasan el día «espigando» lo que los mineros rechazan. Y a veces sacan alguna bonita sorpresa en forma de oro. Beben mucho alcohol y fuman paquetes diarios para entrar en calor y mastican hojas de coca para soportar mejor las bajas presiones y la falta de oxígeno.

Las pallaqueras son casi todas mujeres. Muchas, ancianas. Y es que en la Rinconada todavía hay un gran abismo en materia de género. Mientras ellas siguen arriesgando la vida por unos miserables gramos de oro, ellos son los únicos contratados oficialmente por las empresas y autorizados a entrar en las minas para ganar un buen pellizco si la extracción ha tenido suerte. Algunos mineros han acumulado grandes fortunas. Y muchos, sobre todo los más jóvenes, se gastan una buena parte de los beneficios allí mismo en alcohol y prostitutas. La Rinconada, antes de la «fiebre del oro», era una aldea tranquila que se ha convertido en un caos urbanístico, social y medioambiental de graves proporciones.

Las pallaqueras, sin embargo, se organizan. Su tarea se ha profesionalizado tanto que ya existe una jerarquía entre ellas: por encima de todas, está la responsable de seleccionar las que pueden trabajar en su zona, hay quien lleva un silbato encargada de alertar a las compañeras si hay un inminente vertido de mineral, hay quien cocina, y la que monta las letrinas, y la encargada de los primeros auxilios… Las pallaqueras son una demostración de resiliencia de un estrato social de la minería que comenzó de una forma muy precaria y que ahora está no sólo aceptada, sino incluso respetada por las grandes compañías mineras y por la sociedad peruana en general.

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