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Hombre blanco

  • Las lecciones de realidad que dan los niños y niñas de Sudán del Sur ponen siempre las cosas en su sitio.
  • Una niña empuja un patinete de madera en su casa de Juba, Sudán del Sur. Foto de Albert González Farran / UNICEF


     
    Baterías cargadas, tarjetas de memoria vacías, cámara y ópticas limpias, libreta y bolígrafo, botella de agua, un sombrero… Todo listo para una nueva jornada en el Sudán del Sur. Hoy trabajo para UNICEF, la agencia de la ONU que por excelencia defiende los derechos de los niños en todo el mundo. Vamos a denunciar el hambre y la malnutrición que sufren muchas familias de este país, para que la comunidad internacional se sensibilice y ayude con más dinero. La causa es suficientemente legítima para ir al trabajo con un punto de orgullo. Da seguridad saber que tu misión está legitimada por un objetivo crucial. Llegamos a una casa y las mujeres y los niños ríen. Son risas de auténtica felicidad que dan vitaminas a quien las ve. Las fotos salen solas porque estos niños muestran de lleno su sinceridad. La expresan con arrebato y desvergüenza. Como la risa de una de las niñas que, al verme, se me acerca con los brazos abiertos. Me siento querido. “¡Qué bien!”, pienso al interpretar que la niña, a su manera, me viene a agradecer el trabajo que llevo haciendo durante años. Creo que sin ser consciente, la niña honra la fotografía como una herramienta que despierta las conciencias. La niña llega a mis piernas, se agarra fuerte a los pantalones y, manteniendo la risa, sube la mirada y literalmente me dice: “Hombre blanco, has venido a traernos comida, ¿verdad?”.

    Lenguaje corporal

  • En mi carrera, he aprendido lo importante que el lenguaje corporal es en fotoperiodismo. Esta semana, esta lección me ha quedado confirmada.
  • La embajadora estadounidense en las Naciones Unidas Nikki Haley saluda al Presidente de Sudán del Sur, Salva Kiir, en una reunión en Juba el 25 de octubre de 2017. Foto de Albert González Farran / AFP


     
    El presidente del Sudán del Sur, Salva Kiir, está de pie, solo, en una gran sala de reuniones de su oficina, expuesto a las cámaras y a un grupo de periodistas, algunos de los cuales le interpelan para que responda a sus preguntas inquisitoriales.
    Después de unos treinta segundos que debían hacerse muy largos y que parecían haber sido impuestos a propósito, llega por fin su invitada, la embajadora de Estados Unidos en la ONU, Nikki Haley, una de las más importantes figuras de la administración de Donald Trump. Y llegaba caminando deprisa, con decisión firme, con una evidente autoconfianza, alargando la mano sonriente y con un toque de supremacía no muy evidente para no romper el protocolo diplomático. Y lo hacía casi dominando el Presidente, que seguía quieto y con un puesto de espera desesperada.
    Los periodistas no sabemos qué pasó y qué se dijo en la reunión a puerta cerrada entre estos dos políticos de relevancia. Pero el lenguaje de sus cuerpos explicó algunas cosas. Un lenguaje que quedó inmortalizado al servicio de la opinión pública, que seguro que sacó sus propias conclusiones.

    Hambre de aprender

  • La enorme motivación de los estudiantes del Sudán del Sur no se sacia con un sistema educativo deficiente.
  • Niños participan en una clase de inglés en una escuela en la región de Maban, en el Sudán del Sur. Foto de Albert González Farran


     
    El hambre en el Sudán del Sur es una verdad insistentemente publicada. Y la mala calidad de la educación es otra, seguramente no tan conocida. Un sistema que se basa en la repetición sin sentido de palabras hasta la saciedad, en el que los profesores no tienen una formación suficiente ni los alumnos, material adecuado, es lamentable comprobar que el nivel de aprendizaje en las aulas termina siendo insignificante, sobre todo en las zonas rurales.
    Y por eso, frases como las de un joven alumno de una pequeña escuela de Bunj, en la región de Maban, sorprenden más que nunca:

    – Hay dos cosas que me gustan mucho de la escuela.
    – ¿Cuáles son?
    – Aprender inglés, porque así puedo hablar con los extranjeros que venís a vernos.
    – ¿Y la segunda?
    – Esta taza de sorgo que tengo en las manos.

    Es abrumadora la motivación que los niños y niñas tienen para ir a aprender a la escuela. Aparte de las ganas de comer, tienen hambre de saber más y más. Pero si no hay una mejora rápida y sustancial de los recursos y la capacidad del profesorado, se perderá la gran oportunidad de convertir toda una generación en la esperanza de cambiar un país que hace tiempo que va a la deriva.

    Podéis leer más información relacionada en un artículo recientemente publicado en el dominical LECTURA del diario SEGRE de Lleida (en catalán).

    Sin desayuno

  • La inseguridad alimentaria en el Sudán del Sur afecta ya a seis millones de personas, la mitad de la población.
  • Un niño arrastra una rama hasta la cocina de la escuela de primaria de Aber (Sudán del Sur). Foto de Albert González Farran – WTI


     
    Un muchacho de poco más de siete años arrastra una rama enorme hacia su escuela de Aber, un pueblo perdido en la región de Lakes, en el Sudán del Sur. La escena es entrañable, porque responde a la obligación que los estudiantes tienen cada mañana antes de empezar las clases. Se trata de la condición de los profesores para que las cocineras puedan preparar el desayuno de los alumnos, a menudo la única comida que tienen en todo el día.

    Pero este joven muchacho no sabe que hoy se quedará sin desayuno. La mañana ha sido lluviosa en Aber y toda la leña que los niños y niñas han traído está húmeda. Las cocineras no la pueden utilizar y han decidido no trabajar.

    Pero nadie se queja. Todos a clase y mañana será otro día.

    Bajo los embates de la mala suerte

  • La asistencia sanitaria en muchas zonas rurales del Sudán del Sur es inexistente y la gente se suele encomendar al destino.
  • Nyakong Kiir abraza emocionada a su nuera Nyanom, gravemente enferma de malària en Padding, Sudán del Sur. Foto de Albert González Farran – AFP


     
    En Padding, una pequeña y remota localidad del Sudán del Sur, en una cabaña todavía en construcción, hay una multitud de gente que rodea a una mujer tendida en el suelo. Se llama Nyanom, tiene 26 años y sufre una severa infección de malaria. Ha llegado a Padding desde un pueblo aún más pequeño a unos cuantos kilómetros de distancia y la malaria le ha sorprendido cuando estaba en el mercado. La gente la ha arrastrado a la cabaña a medias y la rodea expectante, a ver cómo evoluciona su infección. Es todo lo que pueden hacer. Eso y un par de pastillas que el curandero local le ha dado. No hay nada más que hacer. La clínica más cercana está a más de 10 horas a pie y lo único que queda es esperar a que el cuerpo de la Nyanom sobreviva.
    Esta es la suerte de los cientos de miles que viven en las zonas rurales de Sudán del Sur. Con una esperanza de vida que la guerra civil y la crisis económica ha reducido a 56 años, los sursudaneses simplemente les queda encomendarse a la suerte. O a la mala suerte.
    En esta última ocasión, Nyanom sobrevivió. Pasó la noche en casa de un vecino de Padding y al día siguiente pudo volver a casa, a esperar un próximo embate.

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