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Sin elección

  • Las mujeres en el Sudán del Sur tienen la gran responsabilidad de dar a luz en condiciones duras y sostener sus familias con pocos recursos.
  • Txata Male, madre de tres niños, amamanta a su bebé de 4 días, fuera de su casa en Dangaji, un pueblecito de Maban, en Sudán del Sur. Foto © Albert González Farran


     
    Txata es madre de tres hijos. Dio a luz hace unos días a Dangaji, un pueblo muy remoto en la región de Maban, en el Sudán del Sur, donde los servicios de salud son muy limitados.
    Ella vive con una discapacidad en el lado derecho de todo el cuerpo, pero mantiene a su familia lo mejor que puede. Su marido está ausente la mayor parte del tiempo, y ella es la única que proporciona alimentos, agua y refugio a sus hijos y a su madre anciana.
    La vida de las mujeres y madres en el Sudán del Sur, como en muchos países de África, es enormemente difícil. Ellas asumen la tarea más difícil, incluso durante sus embarazos o cuando deben tener cuidado de sus bebés recién nacidos. No hay otra opción. Vidas están bajo su responsabilidad. Y eso es algo muy duro de asumir. Demasiado duro.

    Según la OMS, el Sudán del Sur tiene una de las tasas más altas de mortalidad maternal y neonatal del mundo, aparte de la impactante tasa mortal de menores de cinco años (10%).

    Licencia para matar a 25 dólares

  • Las armas baratas y las vacas caras: una combinación explosiva en el Sudán del Sur.
  • Un joven ganadero sostiene una ametralladora en su campamento de Rumbek, en el Sudán del Sud. © Albert González Farran.


     
    En las zonas ganaderas del Sudán del Sur hay dos cosas muy importantes: primera, obviamente, las vacas, muy apreciadas por el prestigio social que dan y por ser moneda de cambio de gran parte de las transacciones y arreglos matrimoniales; la segundo son las armas, herramientas “indispensables” para defenderse de aquellos que quieren robar el ganado.
    Dicen que el Sudán del Sur es uno de los países más armados del África. Un índice muy alto de civiles tiene un fusil en casa, ya por motivos culturales, ya por cuestiones de seguridad personal. Y es que una ametralladora de fabricación rusa, la AK-47, cuesta “sólo” unos 25 dólares en el mercado negro. Un precio bastante “razonable” para defender la propiedad de las vacas, que pueden llegar a costar diez veces más.
    El principal problema es que la cultura armamentística está actualmente tan arraigada en el país que parece fácil que los ganaderos, sobre todo los más jóvenes, descubran que además de proteger a sus vacas, con las ametralladoras también pueden robar, violar, expoliar y quitar vidas muy fácilmente. Y esto ya está pasando…

    Las espigadoras del Sudán del Sur

  • El hambre hace que muchos sursudaneses se agachen sin manías para aprovechar hasta la última migaja de comida.
  • Una mujer recoge los granos que han caído durante la distribución humanitaria de cereales en Ganyiel (Sudán del Sur). Foto de Albert González Farran – AFP.


     
    Años atrás vi el documental Los espigadores y la espigadora, de Agnés Varda, un trabajo que siempre he tenido impreso en la retina. Trata de todos aquellos colectivos que se dedican a recoger y aprovechar lo que otros tiran. Desde el instante que vi la película, me he encontrado con espigadores por todas partes donde he viajado, pero nunca tantos como en el Sudán del Sur. Aquí, la última migaja tiene un valor que en otros lugares no se tiene ni en consideración. Botellas vacías de plástico, agua encharcada, bolsas y periódicos … y sobre todo, en lugares donde las organizaciones humanitarias distribuyen comida, siempre hay un grupo de espigadoras que se agachan para recoger los granos de trigo que han quedado perdidos por el suelo. Es una tarea que para unos roza los límites de la dignidad humana, pero para otros es una lección de aprovechamiento de todo lo que se desperdicia.

    El hogar de los quince niños

  • La llegada de desplazados por la guerra en Yambio ha provocado que Julie tenga una guardería en casa.
  • Nueve de los quince niños que viven en casa de Julie juegan en el patio de casa con un oso de peluche. Foto de Albert González Farran – UNICEF


     
    Yambio, una pequeña ciudad de unos 40.000 habitantes en el oeste del Sudán del Sur, está absorbiendo una ola migratoria sin precedentes. En los últimos meses, los ataques indiscriminados por parte de grupos armados en la zona rural de los alrededores ha provocado que cientos de familias huyan a la ciudad. Y lo hacen alojándose en casas de parientes, amigos, conocidos o, incluso, almas solidarias que abren las puertas a los desamparados.
    En casa de Julie Adriano, una madre soltera de dos hijos, la situación ha llegado a ser casi insostenible. Julie asumió la llegada de unos parientes de un pueblo que se llama Gitikiri, pero además recogió dos niños que perdieron a sus padres durante la huida. En total, los cinco adultos de la familia (la mayoría mujeres) deben cuidar a 15 niños y niñas que revolotean por la casa. Una auténtica guardería.
    El aumento de consumo de agua, la escasez de comida y la falta de jabón o de ropa son algunos de los principales retos que estas casas de Yambio están asumiendo actualmente.

    ¿Qué haces?
    16 November 2016. Aweil: Medair staff member, William Deng (18), is pictured at home after a day work at the the feeding centre (outpatient therapeutic programming) run by Medair in Aweil, South Sudan. Alarming levels of malnutrition and a severe malaria outbreak are putting thousands of lives at risks in Northern Bahr el Ghazal, South Sudan. A full-scale emergency response has been launched by the humanitarian community. Medair, an international emergency relief and recovery organisation, is part of this response and is providing emergency nutrition and health services, safe water, and sanitation and hygiene support. The emergency levels of malnutrition are compounded by a malaria upsurge in the past weeks and the limited access to water and sanitation facilities. The prevalence of malaria cases in the area has increased by 400 percent in nine weeks’ time. The limited availability of essential drugs and the small number of staff in health facilities have made it very difficult for people to receive adequate treatment in time unless they have enough money to pay. Medair’s emergency response team is providing critical services to the most vulnerable in the area. In the past weeks, the team has set up three emergency nutrition clinics to treat children under five with acute malnutrition and is aiming to establish four additional sites. The team is also providing emergency water, sanitation, and hygiene services and has opened a malaria treatment centre in Aweil town. Photo by Albert Gonzalez Farran - MEDAIR

    William Deng, un joven de 18 años en su cabaña de Aweil, al Sudán del Sur. Foto de Albert González Farran – Medair.

     
    Esta es la conversación que tuve ayer con William Deng, un trabajador humanitario de 18 años que vive en una pequeña cabaña con su familia en las afueras de Aweil, en el Sudán del Sur:

    – ¿Qué haces cuando terminas de trabajar?
    – Voy a coger leña con mi padre.
    – Sí. Vale. ¿Pero qué haces en tu tiempo libre?
    – Estoy en casa.
    – Sí, ya. ¿Pero qué haces en casa?
    – ¿?
    – Me refiero a si haces algo. Como leer …
    – Ah! Ya entiendo. No. No leo. No tengo libros.
    – ¿Escribes, escuchas la radio, juegas a las cartas?
    – No tengo papel, ni radio, ni cartas …
    – ¿Y qué haces en tu tiempo libre?
    – Estoy en casa.

    Hace unos años, un veterano cooperante que vive en Etiopía me aseguró que en muchas lenguas locales africanas la palabra “aburrimiento” ni siquiera existe. Quizás la palabra la inventaron empresas que quieren vender libros, papel, radios y cartas para convencernos que si no los consumimos estaremos perdidamente aburridos. Pero a mí, William no me dio la impresión de que estuviera aburrido…

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