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De vulnerabilidades

Las guerras, como la que hubo entre Eritrea y Etiopía, arrastran los más vulnerables a la miseria y la soledad

La huérfana Mehalet, de cinco años, acompañada de su vecina octogenaria Ameta, paraplégcia y ciega. © Albert González Farran

«Las mujeres y los niños, primero!». Esta frase, tan cinematográficamente repetida, desvela la gran contradicción con nuestra realidad. Parece ser una regla no escrita que mujeres y niños tengan preferencia durante una catástrofe y se puedan salvar. Pero en realidad, en los conflictos de hoy y de ayer, este colectivo es precisamente el más castigado. Sí, es el primero, pero el primero en sufrir las crudas consecuencias de la violencia militar. Esta violencia es de hecho un arma muy potente que los bandos enfrentados utilizan ilegalmente para hacer más daño al enemigo.
Las guerras suelen durar más o menos, pero sus efectos posteriores aún más. Afectan décadas. Mujeres y niños son los primeros que, por su condición generalmente más vulnerable, arrastran un castigo severo e injusto. Ataques sexuales, explotación laboral, desplazamientos forzados, malnutrición … Después de cada embate militar, hay uno civil más amargo.
En Wukro, una aldea del norte de Etiopía, muy cerca de la frontera con Eritrea, estuve en 2008, ocho años después de que terminara una guerra fratricida entre los dos países que dejó decenas de miles de muertos. Eritrea había alcanzado su independencia en los años noventa, pero los dos gobiernos no se pusieron de acuerdo dónde fijar exactamente una frontera que para muchos era prácticamente inexistente. Finalmente, en diciembre de 2000, se firmó la paz y se declaró un área desmilitarizada. Pero la avalancha de muertos dejó un montón de niños huérfanos, ancianos desamparados y madres solas, muchas enfermas e infectadas de sida por culpa de las incursiones sexuales de los soldados. En Wukro vi muchos ejemplos de todo ello.
Los niños que conocí me llevaron un día a casa de Mehalet Mefazu, una niña de cinco años que se contagió del VIH durante la gestación. Se quedó huérfana desde muy pequeña y a merced de amigos y familiares. Precisamente, una de sus vecinas era Amet Gebru, una octogenaria que se había quedado también sola después de la guerra. Todos sus familiares habían desaparecido y ella se había quedado ciega, sorda y paraplégica. Ironías de la posguerra, la huérfana y seropositiva Mehalet se convirtió en una de las personas que se cuidaba de la anciana. La iba a visitar cada día para hacerle compañía, mientras los adultos se encargaban de los trabajos más duros, como ayudar a vestirse, a comer e incluso a ir a las letrinas.
Los retratos de la pequeña Mehalet y la señora Amet los hice en un mismo clic. Quería captar la viva representación de las vulnerabilidades de la posguerra en una sola imagen, y que además tuviera poca luz. En la intimidad de su casa, en un blanco y negro bien contrastados y con la niña en primer plano para dar, en cierto modo, el optimismo de un futuro deseablemente mejor. ¿Quién sabe? Quizás ahora, once años más tarde, todavía está en la escuela preparándose para acceder a la universidad y convertirse en la médico que atenderá a los más vulnerables de las próximas guerras.

Una habitación repleta de humanidad

En Àfrica, el debate sobre si los niños deben o no dormir con los padres no existe

Nueve niños y un adulto duermen en la habitación de una casa de Yambio, Sudán del Sur, en enero de 2017. © Albert González Farran – UNICEF

Cuando nace un niño o una niña en Mollerussa, Lleida, Berlín, Nueva York o Sidney, la mayoría de familias inician un debate sobre cuándo es el mejor momento para separar el bebé de los padres por la noche. Muchos coinciden en que, al cabo de seis meses, el niño debería acostumbrarse a dormir en su cama e incluso tener su propia habitación, dejando a los padres tranquilos para que puedan rehacer su relación nocturna de pareja. Otros más radicales lo hacen antes, y otros aún más radicales lo ejecutan con métodos drásticos, como el que popularizó el doctor Estevill, que aconsejaba dejar llorar al bebé ad nauseam hasta que obviamente se duerma de cansancio. Otras madres y padres de estas sociedades occidentales, que según estudios no llegan al 15%, se atreven a practicar el co-lecho, que significa dormir con los hijos e hijas hasta edades bastante avanzadas. Lo hacen mientras aún estén amamantando o incluso mientras todos juntos se encuentren a gusto entre las sábanas.
Pero en la mayoría del mundo, en toda África, en gran parte de Asia y en las zonas aborígenes de Sudamérica, este debate prácticamente no existe. Se da por hecho que duermen todos juntos. Por razones naturales y desde tiempos prehistóricos, las familias siempre han compartido el espacio nocturno. Pero además, en muchos otros casos, no hay ni siquiera la posibilidad de replantear una alternativa. La falta de espacio y la elevada natalidad les obliga siempre a dormir juntos. A veces, la situación llega a escenas extremas que cualquiera de nosotros describiría como angustiante.
Una mañana fría de invierno del año 2017 visité una familia de Yambio, al oeste de Sudán del Sur. Me dieron permiso para que fuera al amanecer, justo cuando se empezaran a despertar, para mostrar la situación en la que convivían. Me abrieron la puerta de una de las cabañas que tenían en casa y me mostraron la magnitud de su existencia. Una mujer adulta dormía sobre un somier, mientras que nueve niños lo hacían bien apretados en el suelo, cubiertos con sábanas gastados. Hacía frío y el contacto de sus cuerpos parecía que les daba calor mutua.
La situación en la ciudad de Yambio, por culpa de la guerra civil, era en ese momento insostenible. Los enfrentamientos en las aldeas vecinas habían empujado a más de 4.000 personas a refugiarse en casas de familiares y amigos de la ciudad. El desplazamiento por el conflicto estaba provocando el abandono de los pueblos y la saturación de Yambio. Y aquella habitación «asardinada» era una muestra más de lo que estaba pasando.
Cuando me abrieron la puerta, los primeros rayos de luz hicieron abrir los ojos perezosos de una buena parte de los niños medio dormidos. No lo negaré; ellos me esperaban desde la noche anterior y cuando me vieron alzando la cámara, no se sorprendieron. De hecho, mostraron una cara bien apacible. No parecía que tuvieran angustia por tener que dormir tan apretados, ni siquiera parecían molestos, ni un poco avergonzados de encontrarse en esa situación ante un fotógrafo extraño. Más bien, los que se despertaron me ofrecieron la frescura de aquellos ojos que han dormido bien, cerca del calor humano de los suyos.

Ejecutado por un jurado en masa

En el Perú más rural, la justicia se aplica de forma popular por una mezcla de tradición ancestral i una respuesta a la corrupción

Olga Apaza, viuda y víctima de las ejecuciones ordenadas por la masa de gente en Juliaca el año 2009. © Albert González Farran

Juliaca es una ciudad en el altiplano de los Andes peruanos, muy cerca de la frontera con Bolivia. Allí, la cultura inca y aymara perviven a pesar del paso de los siglos y las colonizaciones más salvajes. Muchas tradiciones ancestrales de los indios que han vivido desde tiempos primitivos siguen en activo, tanto las buenas como las más escabrosas. Una de ellas es la justicia en masa, una práctica que se aplica mayoritariamente a los criminales comunes cuando han sido pescados in fraganti.
En el año 2009 me encontré con Olga Apaza, una mujer de 48 años que perdió a su marido Hugo ejecutado por la multitud una madrugada de julio. No saqué en claro si Hugo era o no un delincuente, pero sí supe que era el conductor de los populares taxi-triciclos y que ganaba poco más de cinco euros al día transportando gente arriba y abajo por las calles de Juliaca . Una noche desapareció. Al día siguiente, lo encontraron muerto en la calle con el rostro desfigurado y decenas de fracturas por todo el cuerpo. Según testigos, decenas de personas que lo acusaban de intentar robar en el mercado, lo desnudaron, lo ataron a un poste y lo zurrar hasta que dejó de respirar. Tuvo «suerte» de que no lo quemaran antes de morir, como ya había pasado en muchos otros casos.
Según dicen, la policía no pudo hacer nada ante la masa enfurecida. Eran pocos agentes y decenas de comerciantes violentos «imposibles de detener», decían. Y Olga se quedó viuda con un triciclo arrinconado y una familia a mantener. «Mi marido era inocente, lo sé a ciencia cierta,» decía llorando mientras yo le hacía una foto en su casa, justo al lado del triciclo y sosteniendo un retrato de su marido. Su hogar era muy sencillo, tanto como la ropa que vestía y la manera de expresar su pena. Una pena contenida, serena, sobria … pero que no podía evitar las lágrimas.
Puede que su marido robara algo del mercado, o incluso puede que intentara llevarse el dinero de alguna parada. Quizás lo hizo por su familia o quien sabe si para emborracharse o ir de putas. Pero yo tenía claro, al fotografiar aquella mujer desgraciada, que ese tipo de justicia andina era cruel y despiadada.
El antiguo derecho inca predica en primer lugar Amu Sua (no seas ladrón), en segundo, Ama Llull (no seas mentiroso), y finalmente, Ama Quella (no seas flojo). No sé si se predica por este orden de importancia, pero es un legado cultural milenario que aún se practica con rotundidad. Los castigos son sanguinarios. Tanto, como el que sufrió en 2007 un hombre al que la gente obligó a coger a su propio hijo y colgarlo en la horca, acusado de formar parte de una banda de ladrones. A menudo, días después de la ejecución, se descubre que el condenado era inocente, confundido por alguien.
En Perú, el nivel de corrupción es altísimo y también abarca los órganos judiciales. La gente ha dejado de creer en jueces y cárceles y ha decidido asumir el rol justiciero.
Precisamente el mes pasado, el ex presidente peruano Alan García se suicidó de un disparo en la cabeza horas antes de ser arrestado en su casa por un caso de corrupción. Es tragicómico pensar, obviamente fuera de contexto, que el ex mandatario no quería terminar como aquel alcalde de un pueblo perdido del altiplano que el año 2006 fue también golpeado hasta la muerte por sus vecinos por presuntas corruptelas en el ayuntamiento.

Espigadoras en los Andes

Mujeres y ancianas se juegan la vida por unas migajas de oro en los barrancos de las minas peruanas de La Rinconada

Una «Pallaquera» busca oro entre las piedras vertidas fuera de una mina de La Rinconada, Ananea, Perú. Foto © Albert González Farran.

La cineasta francesa Agnès Varda murió el pasado 29 de marzo en su casa de París. Tenía 90 años y, de su filmografía, lo que me cautivó más fue el documental Los espigadores y la espigadora (Las glaneurs te la glaneuse). Estrenada en el año 2000, la película es un formidable homenaje a todos aquellos recolectores de basura, aquellos que merodean en la suciedad y buscan algo útil entre lo que la gente lanza, a los que recogen las migajas de las explotaciones más salvajes. Es el último escalón de la sociedad de consumo. Originalmente, un espigador era antes que, con el permiso del agricultor, recogía, el grano que quedaba después de la siega. Era un trabajo duro y tenaz que la tradición agrícola nos ha dejado. Ahora, el significado se ha ensanchado y vemos espigadores y espigadoras por todo el mundo y de formas diferentes.

Yo vi unas muy especiales en La Rinconada, un pueblo de la cordillera de los Andes del Perú a unos 6.000 metros de altitud. Allí las llaman pallaqueras, de la expresión peruana que hace referencia a aquellas personas que faenan en las bocas de las minas, donde las máquinas extractoras vierten los escombros. Son barrancos de cientos de metros de peligroso desnivel donde las pallaqueras se abalanzan para buscar piedras con algunas migajas de oro.

La posición de una pallaquera, como la de un espigador, es de una humildad extrema. De rodillas o incluso tumbada en el suelo, se ensucia de pies a cabeza y se expone al peligro inminente de ser sepultada por una avalancha de rocas. Bajo las inclemencias del tiempo, con las manos destrozadas por el frío, la humedad y la dureza del mineral, se pasan el día «espigando» lo que los mineros rechazan. Y a veces sacan alguna bonita sorpresa en forma de oro. Beben mucho alcohol y fuman paquetes diarios para entrar en calor y mastican hojas de coca para soportar mejor las bajas presiones y la falta de oxígeno.

Las pallaqueras son casi todas mujeres. Muchas, ancianas. Y es que en la Rinconada todavía hay un gran abismo en materia de género. Mientras ellas siguen arriesgando la vida por unos miserables gramos de oro, ellos son los únicos contratados oficialmente por las empresas y autorizados a entrar en las minas para ganar un buen pellizco si la extracción ha tenido suerte. Algunos mineros han acumulado grandes fortunas. Y muchos, sobre todo los más jóvenes, se gastan una buena parte de los beneficios allí mismo en alcohol y prostitutas. La Rinconada, antes de la «fiebre del oro», era una aldea tranquila que se ha convertido en un caos urbanístico, social y medioambiental de graves proporciones.

Las pallaqueras, sin embargo, se organizan. Su tarea se ha profesionalizado tanto que ya existe una jerarquía entre ellas: por encima de todas, está la responsable de seleccionar las que pueden trabajar en su zona, hay quien lleva un silbato encargada de alertar a las compañeras si hay un inminente vertido de mineral, hay quien cocina, y la que monta las letrinas, y la encargada de los primeros auxilios… Las pallaqueras son una demostración de resiliencia de un estrato social de la minería que comenzó de una forma muy precaria y que ahora está no sólo aceptada, sino incluso respetada por las grandes compañías mineras y por la sociedad peruana en general.

La ventana a un trozo de cielo

Mahmud salvó la piel sobre un barco destartalado en el Mediterráneo. Pero las ganas de volver a intentarlo persistían.

Mahmud mira a través de la ventana de su habitación en Shobra Sandy (Egipto). © Albert González Farran, IOM

Mahmud tenía 17 años cuando le conocí. Era una mañana de octubre cuando me lo encontré deambulando por las afueras de Shobra Sandy, una aldea perdida en el norte de El Cairo (Egipto). Ahora Mahmud, si todo le ha ido bien, debe tener 21. Quizás aún sobrevive en el pueblo con trabajos mal pagados; quizás deambula por alguna ciudad europea; y quizás, con mucha suerte, ha conseguido reunirse con sus familiares en Francia. Pero también puede que haya tenido peor suerte volviendo a cruzar el Mediterráneo.

Aquella mañana de octubre, Mahmud me explicó la segunda oportunidad que la vida le había dado meses atrás. La Cruz Roja lo rescató cuando el bote con el que salió de Alejandría naufragó cerca de las costas de Tesalónica (Grecia). Pero también me confesó que quería intentarlo una vez más, o tal vez tantas veces como fuera necesario, para salir de lo que él creía un agujero. Como amigos y parientes le enviaban continuamente mensajes desde Francia explicando las cosas magníficas que allí pasan, él tampoco se las quería perder.

Por aquel primer viaje frustrado por el mar, la familia del Mahmud pagó casi 3.000 dólares estadounidenses. Mahmud se jugó la vida en un barco destartalado, cargado con 500 pasajeros, cuando sólo tenía capacidad para cien. Los organizadores del viaje, recuerda, estaban en el puerto armados y bajo los efectos de las drogas. No se vio capaz de negarse a subir. Le habían prometido un viaje a Italia, pero en lugar de eso cambiaron el rumbo hacia Grecia. Por el camino, ya en alta mar, murió un buen puñado de pasajeros, que eran lanzados al agua a medida que dejaban de respirar. Pero ni así el barco aguantó el sobrepeso. Hizo aguas a pocos kilómetros de la costa.

Una vez retenido en Tesalónica por las autoridades griegas, y por su condición de menor de edad, la ONU le facilitó el retorno a Shobra Sandy, para volver a las tareas en la granja de su padre y ahorrar para un nuevo intento. «Aquí en el pueblo la vida es aburrida, todos los días se parecen», explicaba enseñando la habitación que compartía con sus tres hermanos. Desde aquella habitación mal ordenada, llena de calcetines y colchones deshechos, Mahmud lanzó su mirada hacia la ventana. Las vistas, sin embargo, no eran muy atractivas. La mitad inferior estaba tapada por la pared del vecino de al lado, levantada a pocos metros de su casa. Pero en la mitad superior se descubría un cielo azul y reluciente. El mismo cielo que contemplaba mientras iba a la deriva por el Mediterráneo y el mismo que lo acogió en Grecia. Seguramente también es el mismo que hay en Francia.

Le pedí que se detuviera, que siguiera mirando el cielo por aquella ventana, para hacerle una foto bastante significativa para un reportaje sobre los inmigrantes en Egipto. La luz en la cara le daba un aire de esperanza irracional, propia de su juventud. En ese momento me convenció de que se volvería a lanzar al mar. Que se volvería a jugar la piel por su trozo de cielo.

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