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Las espigadoras del Sudán del Sur

  • El hambre hace que muchos sursudaneses se agachen sin manías para aprovechar hasta la última migaja de comida.
  • Una mujer recoge los granos que han caído durante la distribución humanitaria de cereales en Ganyiel (Sudán del Sur). Foto de Albert González Farran – AFP.


     
    Años atrás vi el documental Los espigadores y la espigadora, de Agnés Varda, un trabajo que siempre he tenido impreso en la retina. Trata de todos aquellos colectivos que se dedican a recoger y aprovechar lo que otros tiran. Desde el instante que vi la película, me he encontrado con espigadores por todas partes donde he viajado, pero nunca tantos como en el Sudán del Sur. Aquí, la última migaja tiene un valor que en otros lugares no se tiene ni en consideración. Botellas vacías de plástico, agua encharcada, bolsas y periódicos … y sobre todo, en lugares donde las organizaciones humanitarias distribuyen comida, siempre hay un grupo de espigadoras que se agachan para recoger los granos de trigo que han quedado perdidos por el suelo. Es una tarea que para unos roza los límites de la dignidad humana, pero para otros es una lección de aprovechamiento de todo lo que se desperdicia.

    El hogar de los quince niños

  • La llegada de desplazados por la guerra en Yambio ha provocado que Julie tenga una guardería en casa.
  • Nueve de los quince niños que viven en casa de Julie juegan en el patio de casa con un oso de peluche. Foto de Albert González Farran – UNICEF


     
    Yambio, una pequeña ciudad de unos 40.000 habitantes en el oeste del Sudán del Sur, está absorbiendo una ola migratoria sin precedentes. En los últimos meses, los ataques indiscriminados por parte de grupos armados en la zona rural de los alrededores ha provocado que cientos de familias huyan a la ciudad. Y lo hacen alojándose en casas de parientes, amigos, conocidos o, incluso, almas solidarias que abren las puertas a los desamparados.
    En casa de Julie Adriano, una madre soltera de dos hijos, la situación ha llegado a ser casi insostenible. Julie asumió la llegada de unos parientes de un pueblo que se llama Gitikiri, pero además recogió dos niños que perdieron a sus padres durante la huida. En total, los cinco adultos de la familia (la mayoría mujeres) deben cuidar a 15 niños y niñas que revolotean por la casa. Una auténtica guardería.
    El aumento de consumo de agua, la escasez de comida y la falta de jabón o de ropa son algunos de los principales retos que estas casas de Yambio están asumiendo actualmente.

    ¿Qué haces?
    16 November 2016. Aweil: Medair staff member, William Deng (18), is pictured at home after a day work at the the feeding centre (outpatient therapeutic programming) run by Medair in Aweil, South Sudan. Alarming levels of malnutrition and a severe malaria outbreak are putting thousands of lives at risks in Northern Bahr el Ghazal, South Sudan. A full-scale emergency response has been launched by the humanitarian community. Medair, an international emergency relief and recovery organisation, is part of this response and is providing emergency nutrition and health services, safe water, and sanitation and hygiene support. The emergency levels of malnutrition are compounded by a malaria upsurge in the past weeks and the limited access to water and sanitation facilities. The prevalence of malaria cases in the area has increased by 400 percent in nine weeks’ time. The limited availability of essential drugs and the small number of staff in health facilities have made it very difficult for people to receive adequate treatment in time unless they have enough money to pay. Medair’s emergency response team is providing critical services to the most vulnerable in the area. In the past weeks, the team has set up three emergency nutrition clinics to treat children under five with acute malnutrition and is aiming to establish four additional sites. The team is also providing emergency water, sanitation, and hygiene services and has opened a malaria treatment centre in Aweil town. Photo by Albert Gonzalez Farran - MEDAIR

    William Deng, un joven de 18 años en su cabaña de Aweil, al Sudán del Sur. Foto de Albert González Farran – Medair.

     
    Esta es la conversación que tuve ayer con William Deng, un trabajador humanitario de 18 años que vive en una pequeña cabaña con su familia en las afueras de Aweil, en el Sudán del Sur:

    – ¿Qué haces cuando terminas de trabajar?
    – Voy a coger leña con mi padre.
    – Sí. Vale. ¿Pero qué haces en tu tiempo libre?
    – Estoy en casa.
    – Sí, ya. ¿Pero qué haces en casa?
    – ¿?
    – Me refiero a si haces algo. Como leer …
    – Ah! Ya entiendo. No. No leo. No tengo libros.
    – ¿Escribes, escuchas la radio, juegas a las cartas?
    – No tengo papel, ni radio, ni cartas …
    – ¿Y qué haces en tu tiempo libre?
    – Estoy en casa.

    Hace unos años, un veterano cooperante que vive en Etiopía me aseguró que en muchas lenguas locales africanas la palabra “aburrimiento” ni siquiera existe. Quizás la palabra la inventaron empresas que quieren vender libros, papel, radios y cartas para convencernos que si no los consumimos estaremos perdidamente aburridos. Pero a mí, William no me dio la impresión de que estuviera aburrido…

    Esto no puede ser verdad

  • Una investigación de la ONU denuncia una red europea y del Oriente Medio que provee armas al Sudán del Sur
  • 16 October 2016. Malakal: Soldiers of the Sudan People Liberation Army (SPLA) cheer-up from the trench in Lelo village, outside Malakal, at the northern part of South Sudan, on October 16 2016. Heavy fighting broke out on Friday between SPLA (Government) and opposition forces in Warjok and Lelo villages, outside Malakal. SPLA commanders claim they succeeded to keep their positions and assure their forces just responded "on self defence". The army flew in journalists on Sunday to show that they retain control of the strategic city, even though rebels still vow to take it. Photo by Albert Gonzalez Farran - AFP

    Un soldado sur-sudanés grita entusiasmado mientras sostiene su arma en la trinchera de las afueras de Lelo, en el Sudán del Sur. Foto de Albert González Farran – AFP


     
    “¿Esto es de verdad? Estamos en el siglo XX, no en la Edad Media”. Esto lo dijo un niño judío a su padre cuando sufrían la persecución nazi y fue transcrita por el ganador del premio Nobel Elie Wiesel en su increíble novela Noche. Se publicó en los años 50, pero la frase es aún válida en muchos contextos actuales. Los conflictos en Afganistán, Irak, Siria, Sudán y Sudán del Sur han avergonzado muchos de nosotros que nos damos cuenta que la humanidad todavía está actuando como los simios de la edad de piedra.
    Pero no es totalmente cierto. Guerras, genocidios y holocaustos son más elaborados de lo que pensamos. Los que matan y torturan en muchos países, principalmente en África, son apoyados por grandes redes de empresarios de Europa, América y Oriente Medio que están haciendo grandes fortunas. Una investigación de las Naciones Unidas detalla que desde el año 2014, empresas de Bulgaria e Israel han estado vendiendo armas al Sudán del Sur, uno de los países con la tasa más elevada de armas entre la población y sufriendo una cruel guerra civil desde hace tres años.
    Me recuerda mucho el documental We come as friends (Venimos como amigos), de Hubert Sauper, que explica muy bien la hipocresía del mundo occidental que cree que puede dar lecciones a los países africanos, mientras que alimenta sus desastres para obtener ganancias suculentas.

    Arruinados de clase media

  • La clase media en el Sudán del Sur no sólo está desapareciendo. Se está arruinando.
  • 9 September 2016. Juba: Tabitha Eliaba, director of the Human Resources centre at the Juba University, South Sudan, is pictured in a classroom. Tabith, 43 years old, has 5 children and earns 13,000 South Sudanese pounds every month (less than 200 US dollars). Photo by Albert Gonzalez Farran9 September 2016. Juba: Tabitha Eliaba, director of the Human Resources centre at the Juba University, South Sudan, is pictured in a classroom. Tabith, 43 years old, has 5 children and earns 13,000 South Sudanese pounds every month (less than 200 US dollars). Photo by Albert Gonzalez Farran

    Tabitha, profesora de universidad, cobra 200 dólares al mes con los que tiene que mantener a cinco hijos. Foto de Albert González Farran

     
    Las recientes investigaciones de la plataforma The Sentry denuncian que líderes políticos del Sudán del Sur han hecho “desaparecer” durante los últimos años miles de millones de dólares procedentes de la ayuda internacional y ahora lucen sin vergüenza viviendas de lujo en el extranjero, cuentas bancarias millonarias y viajes de placer en primera clase y hoteles de cinco estrellas.
    Mientras tanto, el país está arrastrando una de las crisis humanitarias más duras de la historia y del planeta. Con una inflación que supera el 800%, cinco millones de personas con necesidad alimentaria urgente y 2,5 millones de desplazados y refugiados por culpa de una guerra civil interminable, el país está en quiebra total.
    Y la realidad más triste es que los ciudadanos de clase media, aquellos que tienen trabajos estables y más o menos importantes, y que se les supone el motor para sacar al país del pozo, no sólo están desapareciendo, sino que también se están arruinando. Médicos, profesores, funcionarios, empresarios… tienen sueldos ridículos que no sirven ni para cubrir los gastos médicos o el agua potable de sus familias.
    Betty, una enfermera que hace 24 años trabaja en un hospital de Juba, tiene ahora un sueldo devaluado de 10 dólares al mes, pero hace cuatro que no cobra porque no hay dinero en las arcas del ministerio. Moses, que regenta un puesto de fruta en el centro de la ciudad, ha enviado a su familia a Uganda para que en calidad de refugiados tengan comida asegurada; y Tabitha, una profesora de universidad con un sueldo “alto” de casi 200 dólares al mes, debe rezar para que sus hijos no se pongan enfermos y hagan peligrar la economía familiar.
    La clase pobre está aumentando de forma desesperada en el país más joven del mundo y pronto ya no quedará nadie para remontarlo.

    Podéis leer el artículo entero aquí (en inglés).

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