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Bajo los embates de la mala suerte

  • La asistencia sanitaria en muchas zonas rurales del Sudán del Sur es inexistente y la gente se suele encomendar al destino.
  • Nyakong Kiir abraza emocionada a su nuera Nyanom, gravemente enferma de malària en Padding, Sudán del Sur. Foto de Albert González Farran – AFP


     
    En Padding, una pequeña y remota localidad del Sudán del Sur, en una cabaña todavía en construcción, hay una multitud de gente que rodea a una mujer tendida en el suelo. Se llama Nyanom, tiene 26 años y sufre una severa infección de malaria. Ha llegado a Padding desde un pueblo aún más pequeño a unos cuantos kilómetros de distancia y la malaria le ha sorprendido cuando estaba en el mercado. La gente la ha arrastrado a la cabaña a medias y la rodea expectante, a ver cómo evoluciona su infección. Es todo lo que pueden hacer. Eso y un par de pastillas que el curandero local le ha dado. No hay nada más que hacer. La clínica más cercana está a más de 10 horas a pie y lo único que queda es esperar a que el cuerpo de la Nyanom sobreviva.
    Esta es la suerte de los cientos de miles que viven en las zonas rurales de Sudán del Sur. Con una esperanza de vida que la guerra civil y la crisis económica ha reducido a 56 años, los sursudaneses simplemente les queda encomendarse a la suerte. O a la mala suerte.
    En esta última ocasión, Nyanom sobrevivió. Pasó la noche en casa de un vecino de Padding y al día siguiente pudo volver a casa, a esperar un próximo embate.

    ¿Dónde están los hombres?

  • Las mujeres en el Sudán del Sur asumen el trabajo diario más duro, como ir a buscar agua, llevar comida a casa y cocinarlo, recoger leña y trabajar en granjas y cultivos.
  • Nyibol Lual, una chica de 13 años, ayuda a la familia a preparar la tierra para cultivarla en Panthau, (Sudán del Sur). Foto de Albert González Farran – AFP


     
    En Panthou, un pequeño pueblo de Norhtern Bahr al Gazhal (Sudán del Sur), veo de lejos a tres personas trabajando la tierra. Es mediodía, el sol es fuerte, hace mucho calor y la humedad es bastante alta. Cuando me acerco, me doy cuenta que son tres mujeres, una madre y sus dos hijas mayores, que están preparando la tierra de la familia para las próximas lluvias. Las tres están sudando y respiran con dificultad. Tras presentarme, pregunto:
    –¿Dónde están los hombres de la casa?
    –Allí! –responden señalando a doscientos metros de distancia.
    Sí. Allí están, descansando bajo la sombra de un árbol.
    Y les pregunto:
    –¿Por qué no estáis trabajando con las mujeres?
    –¡Porque hace demasiado calor! -responden con total convicción.
    –Claro… (sin más comentarios).

    Sin elección

  • Las mujeres en el Sudán del Sur tienen la gran responsabilidad de dar a luz en condiciones duras y sostener sus familias con pocos recursos.
  • Txata Male, madre de tres niños, amamanta a su bebé de 4 días, fuera de su casa en Dangaji, un pueblecito de Maban, en Sudán del Sur. Foto © Albert González Farran


     
    Txata es madre de tres hijos. Dio a luz hace unos días a Dangaji, un pueblo muy remoto en la región de Maban, en el Sudán del Sur, donde los servicios de salud son muy limitados.
    Ella vive con una discapacidad en el lado derecho de todo el cuerpo, pero mantiene a su familia lo mejor que puede. Su marido está ausente la mayor parte del tiempo, y ella es la única que proporciona alimentos, agua y refugio a sus hijos y a su madre anciana.
    La vida de las mujeres y madres en el Sudán del Sur, como en muchos países de África, es enormemente difícil. Ellas asumen la tarea más difícil, incluso durante sus embarazos o cuando deben tener cuidado de sus bebés recién nacidos. No hay otra opción. Vidas están bajo su responsabilidad. Y eso es algo muy duro de asumir. Demasiado duro.

    Según la OMS, el Sudán del Sur tiene una de las tasas más altas de mortalidad maternal y neonatal del mundo, aparte de la impactante tasa mortal de menores de cinco años (10%).

    Licencia para matar a 25 dólares

  • Las armas baratas y las vacas caras: una combinación explosiva en el Sudán del Sur.
  • Un joven ganadero sostiene una ametralladora en su campamento de Rumbek, en el Sudán del Sud. © Albert González Farran.


     
    En las zonas ganaderas del Sudán del Sur hay dos cosas muy importantes: primera, obviamente, las vacas, muy apreciadas por el prestigio social que dan y por ser moneda de cambio de gran parte de las transacciones y arreglos matrimoniales; la segundo son las armas, herramientas “indispensables” para defenderse de aquellos que quieren robar el ganado.
    Dicen que el Sudán del Sur es uno de los países más armados del África. Un índice muy alto de civiles tiene un fusil en casa, ya por motivos culturales, ya por cuestiones de seguridad personal. Y es que una ametralladora de fabricación rusa, la AK-47, cuesta “sólo” unos 25 dólares en el mercado negro. Un precio bastante “razonable” para defender la propiedad de las vacas, que pueden llegar a costar diez veces más.
    El principal problema es que la cultura armamentística está actualmente tan arraigada en el país que parece fácil que los ganaderos, sobre todo los más jóvenes, descubran que además de proteger a sus vacas, con las ametralladoras también pueden robar, violar, expoliar y quitar vidas muy fácilmente. Y esto ya está pasando…

    Las espigadoras del Sudán del Sur

  • El hambre hace que muchos sursudaneses se agachen sin manías para aprovechar hasta la última migaja de comida.
  • Una mujer recoge los granos que han caído durante la distribución humanitaria de cereales en Ganyiel (Sudán del Sur). Foto de Albert González Farran – AFP.


     
    Años atrás vi el documental Los espigadores y la espigadora, de Agnés Varda, un trabajo que siempre he tenido impreso en la retina. Trata de todos aquellos colectivos que se dedican a recoger y aprovechar lo que otros tiran. Desde el instante que vi la película, me he encontrado con espigadores por todas partes donde he viajado, pero nunca tantos como en el Sudán del Sur. Aquí, la última migaja tiene un valor que en otros lugares no se tiene ni en consideración. Botellas vacías de plástico, agua encharcada, bolsas y periódicos … y sobre todo, en lugares donde las organizaciones humanitarias distribuyen comida, siempre hay un grupo de espigadoras que se agachan para recoger los granos de trigo que han quedado perdidos por el suelo. Es una tarea que para unos roza los límites de la dignidad humana, pero para otros es una lección de aprovechamiento de todo lo que se desperdicia.

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