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Ejecutado por un jurado en masa

En el Perú más rural, la justicia se aplica de forma popular por una mezcla de tradición ancestral i una respuesta a la corrupción

Olga Apaza, viuda y víctima de las ejecuciones ordenadas por la masa de gente en Juliaca el año 2009. © Albert González Farran

Juliaca es una ciudad en el altiplano de los Andes peruanos, muy cerca de la frontera con Bolivia. Allí, la cultura inca y aymara perviven a pesar del paso de los siglos y las colonizaciones más salvajes. Muchas tradiciones ancestrales de los indios que han vivido desde tiempos primitivos siguen en activo, tanto las buenas como las más escabrosas. Una de ellas es la justicia en masa, una práctica que se aplica mayoritariamente a los criminales comunes cuando han sido pescados in fraganti.
En el año 2009 me encontré con Olga Apaza, una mujer de 48 años que perdió a su marido Hugo ejecutado por la multitud una madrugada de julio. No saqué en claro si Hugo era o no un delincuente, pero sí supe que era el conductor de los populares taxi-triciclos y que ganaba poco más de cinco euros al día transportando gente arriba y abajo por las calles de Juliaca . Una noche desapareció. Al día siguiente, lo encontraron muerto en la calle con el rostro desfigurado y decenas de fracturas por todo el cuerpo. Según testigos, decenas de personas que lo acusaban de intentar robar en el mercado, lo desnudaron, lo ataron a un poste y lo zurrar hasta que dejó de respirar. Tuvo «suerte» de que no lo quemaran antes de morir, como ya había pasado en muchos otros casos.
Según dicen, la policía no pudo hacer nada ante la masa enfurecida. Eran pocos agentes y decenas de comerciantes violentos «imposibles de detener», decían. Y Olga se quedó viuda con un triciclo arrinconado y una familia a mantener. «Mi marido era inocente, lo sé a ciencia cierta,» decía llorando mientras yo le hacía una foto en su casa, justo al lado del triciclo y sosteniendo un retrato de su marido. Su hogar era muy sencillo, tanto como la ropa que vestía y la manera de expresar su pena. Una pena contenida, serena, sobria … pero que no podía evitar las lágrimas.
Puede que su marido robara algo del mercado, o incluso puede que intentara llevarse el dinero de alguna parada. Quizás lo hizo por su familia o quien sabe si para emborracharse o ir de putas. Pero yo tenía claro, al fotografiar aquella mujer desgraciada, que ese tipo de justicia andina era cruel y despiadada.
El antiguo derecho inca predica en primer lugar Amu Sua (no seas ladrón), en segundo, Ama Llull (no seas mentiroso), y finalmente, Ama Quella (no seas flojo). No sé si se predica por este orden de importancia, pero es un legado cultural milenario que aún se practica con rotundidad. Los castigos son sanguinarios. Tanto, como el que sufrió en 2007 un hombre al que la gente obligó a coger a su propio hijo y colgarlo en la horca, acusado de formar parte de una banda de ladrones. A menudo, días después de la ejecución, se descubre que el condenado era inocente, confundido por alguien.
En Perú, el nivel de corrupción es altísimo y también abarca los órganos judiciales. La gente ha dejado de creer en jueces y cárceles y ha decidido asumir el rol justiciero.
Precisamente el mes pasado, el ex presidente peruano Alan García se suicidó de un disparo en la cabeza horas antes de ser arrestado en su casa por un caso de corrupción. Es tragicómico pensar, obviamente fuera de contexto, que el ex mandatario no quería terminar como aquel alcalde de un pueblo perdido del altiplano que el año 2006 fue también golpeado hasta la muerte por sus vecinos por presuntas corruptelas en el ayuntamiento.

Espigadoras en los Andes

Mujeres y ancianas se juegan la vida por unas migajas de oro en los barrancos de las minas peruanas de La Rinconada

Una «Pallaquera» busca oro entre las piedras vertidas fuera de una mina de La Rinconada, Ananea, Perú. Foto © Albert González Farran.

La cineasta francesa Agnès Varda murió el pasado 29 de marzo en su casa de París. Tenía 90 años y, de su filmografía, lo que me cautivó más fue el documental Los espigadores y la espigadora (Las glaneurs te la glaneuse). Estrenada en el año 2000, la película es un formidable homenaje a todos aquellos recolectores de basura, aquellos que merodean en la suciedad y buscan algo útil entre lo que la gente lanza, a los que recogen las migajas de las explotaciones más salvajes. Es el último escalón de la sociedad de consumo. Originalmente, un espigador era antes que, con el permiso del agricultor, recogía, el grano que quedaba después de la siega. Era un trabajo duro y tenaz que la tradición agrícola nos ha dejado. Ahora, el significado se ha ensanchado y vemos espigadores y espigadoras por todo el mundo y de formas diferentes.

Yo vi unas muy especiales en La Rinconada, un pueblo de la cordillera de los Andes del Perú a unos 6.000 metros de altitud. Allí las llaman pallaqueras, de la expresión peruana que hace referencia a aquellas personas que faenan en las bocas de las minas, donde las máquinas extractoras vierten los escombros. Son barrancos de cientos de metros de peligroso desnivel donde las pallaqueras se abalanzan para buscar piedras con algunas migajas de oro.

La posición de una pallaquera, como la de un espigador, es de una humildad extrema. De rodillas o incluso tumbada en el suelo, se ensucia de pies a cabeza y se expone al peligro inminente de ser sepultada por una avalancha de rocas. Bajo las inclemencias del tiempo, con las manos destrozadas por el frío, la humedad y la dureza del mineral, se pasan el día «espigando» lo que los mineros rechazan. Y a veces sacan alguna bonita sorpresa en forma de oro. Beben mucho alcohol y fuman paquetes diarios para entrar en calor y mastican hojas de coca para soportar mejor las bajas presiones y la falta de oxígeno.

Las pallaqueras son casi todas mujeres. Muchas, ancianas. Y es que en la Rinconada todavía hay un gran abismo en materia de género. Mientras ellas siguen arriesgando la vida por unos miserables gramos de oro, ellos son los únicos contratados oficialmente por las empresas y autorizados a entrar en las minas para ganar un buen pellizco si la extracción ha tenido suerte. Algunos mineros han acumulado grandes fortunas. Y muchos, sobre todo los más jóvenes, se gastan una buena parte de los beneficios allí mismo en alcohol y prostitutas. La Rinconada, antes de la «fiebre del oro», era una aldea tranquila que se ha convertido en un caos urbanístico, social y medioambiental de graves proporciones.

Las pallaqueras, sin embargo, se organizan. Su tarea se ha profesionalizado tanto que ya existe una jerarquía entre ellas: por encima de todas, está la responsable de seleccionar las que pueden trabajar en su zona, hay quien lleva un silbato encargada de alertar a las compañeras si hay un inminente vertido de mineral, hay quien cocina, y la que monta las letrinas, y la encargada de los primeros auxilios… Las pallaqueras son una demostración de resiliencia de un estrato social de la minería que comenzó de una forma muy precaria y que ahora está no sólo aceptada, sino incluso respetada por las grandes compañías mineras y por la sociedad peruana en general.

La ventana a un trozo de cielo

Mahmud salvó la piel sobre un barco destartalado en el Mediterráneo. Pero las ganas de volver a intentarlo persistían.

Mahmud mira a través de la ventana de su habitación en Shobra Sandy (Egipto). © Albert González Farran, IOM

Mahmud tenía 17 años cuando le conocí. Era una mañana de octubre cuando me lo encontré deambulando por las afueras de Shobra Sandy, una aldea perdida en el norte de El Cairo (Egipto). Ahora Mahmud, si todo le ha ido bien, debe tener 21. Quizás aún sobrevive en el pueblo con trabajos mal pagados; quizás deambula por alguna ciudad europea; y quizás, con mucha suerte, ha conseguido reunirse con sus familiares en Francia. Pero también puede que haya tenido peor suerte volviendo a cruzar el Mediterráneo.

Aquella mañana de octubre, Mahmud me explicó la segunda oportunidad que la vida le había dado meses atrás. La Cruz Roja lo rescató cuando el bote con el que salió de Alejandría naufragó cerca de las costas de Tesalónica (Grecia). Pero también me confesó que quería intentarlo una vez más, o tal vez tantas veces como fuera necesario, para salir de lo que él creía un agujero. Como amigos y parientes le enviaban continuamente mensajes desde Francia explicando las cosas magníficas que allí pasan, él tampoco se las quería perder.

Por aquel primer viaje frustrado por el mar, la familia del Mahmud pagó casi 3.000 dólares estadounidenses. Mahmud se jugó la vida en un barco destartalado, cargado con 500 pasajeros, cuando sólo tenía capacidad para cien. Los organizadores del viaje, recuerda, estaban en el puerto armados y bajo los efectos de las drogas. No se vio capaz de negarse a subir. Le habían prometido un viaje a Italia, pero en lugar de eso cambiaron el rumbo hacia Grecia. Por el camino, ya en alta mar, murió un buen puñado de pasajeros, que eran lanzados al agua a medida que dejaban de respirar. Pero ni así el barco aguantó el sobrepeso. Hizo aguas a pocos kilómetros de la costa.

Una vez retenido en Tesalónica por las autoridades griegas, y por su condición de menor de edad, la ONU le facilitó el retorno a Shobra Sandy, para volver a las tareas en la granja de su padre y ahorrar para un nuevo intento. «Aquí en el pueblo la vida es aburrida, todos los días se parecen», explicaba enseñando la habitación que compartía con sus tres hermanos. Desde aquella habitación mal ordenada, llena de calcetines y colchones deshechos, Mahmud lanzó su mirada hacia la ventana. Las vistas, sin embargo, no eran muy atractivas. La mitad inferior estaba tapada por la pared del vecino de al lado, levantada a pocos metros de su casa. Pero en la mitad superior se descubría un cielo azul y reluciente. El mismo cielo que contemplaba mientras iba a la deriva por el Mediterráneo y el mismo que lo acogió en Grecia. Seguramente también es el mismo que hay en Francia.

Le pedí que se detuviera, que siguiera mirando el cielo por aquella ventana, para hacerle una foto bastante significativa para un reportaje sobre los inmigrantes en Egipto. La luz en la cara le daba un aire de esperanza irracional, propia de su juventud. En ese momento me convenció de que se volvería a lanzar al mar. Que se volvería a jugar la piel por su trozo de cielo.

Jugando con fuego

Suleimán, un niño de Darfur de diez años, tiene la mirada de un hombre envejecido a golpes. A golpes de guerra

Suleimán posa para una fotografía en su casa de El Fasher, Darfur (Sudán). © Albert González Farran / UNAMID

Suleimán tenía sólo cuatro años cuando paseaba con su hermano Musa a las afueras de Dar al Salam, al norte de Darfur (Sudán). Era noviembre de 2006, una noche en que su equipo de fútbol favorito había ganado un partido importante del campeonato nacional. Los dos hermanos quisieron celebrar la victoria con los amigos. En secreto, guardaban un extraño objeto que habían encontrado no muy lejos de casa. Era un explosivo perdido de la guerra de Darfur, que por cuestiones del azar aún no había detonado. Y ellos, todavía en secreto, esperaban hacer una gran traca con aquel proyectil. Musa, que era el hermano mayor, fue el encargado de ponerle fuego y en décimas de segundo todo cambió trágicamente. El estallido no fue lo que ellos esperaban. Uno de sus mejores amigos murió en el acto. Y Suleimán, como otros, sufrió quemaduras por todo el cuerpo.

Visité a Suleimán seis años después de aquel accidente. Se había trasladado con su familia a El Fasher, una población más grande y con mejor atención médica. Y cuando entré en su casa, el chico corrió a esconderse detrás de las piernas de su padre. Con una sonrisa amarga, el hombre explicaba que su hijo ya no era el mismo desde aquella explosión. Tenía vergüenza de enseñar la cara. Y con motivos. Cuando la descubrió, parecía la de un hombre muy viejo y cansado. Además, Suleimán caminaba con dificultades. Mantenía la mirada siempre en el suelo, porque la vergüenza lo tenía dominado.

Suleimán era uno de los protagonistas de un reportaje que estaba preparando sobre las consecuencias de la guerra en Darfur. Y una de las más graves es la gran cantidad de armas (bombas, balas, granadas y minas) abandonadas por el territorio aún para detonar. Y es que milicias y tropas que luchaban no tenían suficiente con saquear y perseguir a la población civil, sino que también se dejaban su ‘mierda’ esparcida por todas partes. Así que las principales víctimas de las detonaciones fortuitas eran los niños y niñas, que pensando que habían encontrado un tesoro, acababan sufriendo unos efectos devastadores.

La entrevista con Suleimán fue dura y complicada. Apenas respondía a mis preguntas. Había tratado de convencerlo de la importancia de aquel reportaje para advertir sobre los problemas de la posguerra en Darfur, pero tenía que arrancarle las palabras con mucha paciencia. Pude saber que todavía tenía motivación para estudiar y seguir adelante, aunque siempre se sentiría arrepentido de haber hecho explotar ese artefacto.

Y cuando al final me acerqué a él con la cámara para hacerle una foto, a casi dos palmos de su cara, él decidió levantar los ojos y mirar fijamente el objetivo. Era como si con su rostro dijera: «sí, mírame, soy así, y qué?» Justo después del retrato, Suleimán volvió a bajar los ojos y a repetir su actitud avergonzada. Por unos pocos segundos me había regalado una expresión convencida, propia de un hombre maduro. Una mirada de valiente.

El olor a muerte y la peluca
Siempre me he preguntado cómo huele la muerte. Y me pareció inconfundible al olerla, cuando aún no había visto ni el cadáver.
n soldado con un bazuca teatraliza el momento de la victoria en las trincheras de Lilo, Sudán del Sur. Foto © Albert González Farran / AFP

No es fácil describirla, pero sí identificarla. El olor de muerte es como la de una habitación oscura y húmeda, cerrada desde hace un montón de días. Al abrirla, el olor que escupe te mete un puñetazo que te atonta. En las trincheras de Sudán del Sur, donde la guerra pierde lo que queda de humano, ese olor me despertó emociones intensas.

Era en las afueras de un pueblo llamado Lelo, al norte del país, donde tropas del Gobierno y las facciones opositoras se iban arrebatado pocos metros de terreno alternativamente. Ese día, soldados del ejército regular celebraban una macabra victoria sobre un pequeño grupo de rebeldes que se habían perdido a poca distancia de las líneas enemigas.

Ya hacía días que estaban muertos cuando el mando Sur-sudanés invitó a los periodistas a visitar el frente, para demostrar que la reconquista de sus posiciones no era solo propaganda militar. Poco después de bajar del helicóptero, fotógrafos y cámaras de televisión podían captar decenas de cuerpos medio desnudos, esparcidos estratégicamente. Las víctimas llevaban los pantalones bajados como humillación post mortem. Los comandantes señalaban sus penes hinchados por la descomposición, con gestos esperpénticos de una diversión cruel. Algunos periodistas respondían aquellas bromas con sonrisas desencajados por el miedo.

La puesta en escena estaba muy pensada para la prensa, como la escena final de una película mala. A un lado, los vencidos muertos y abandonados entre piedras y matorrales. En la otra, los vencedores cantando la vida desde las trincheras, como si el combate se hubiera acabado justo en ese momento. Uno de los soldados victoriosos sostenía un bazuca con la teatralizada intención de disparar de nuevo cuando recibiera la orden. Gritaba como un energúmeno desde su posición, con ojos inyectados por la sangre de sus víctimas, mientras sus compañeros de guerra reían como imbéciles. Y sobre la cabeza llevaba una peluca. Una peluca de mujer.

En el Sudán del Sur, como la mayor parte de África, las pelucas son un artículo muy popular en los mercados. Las mujeres tienen, como mínimo, una en casa. Las más afortunadas, guardan toda una colección: rubias, morenas, lisas, rizadas, cortas y largas. Una peluca para cada ocasión.

Sudán del Sur se independizó en 2011, pero una guerra civil estalló apenas dos años después. El conflicto ha llevado miles de víctimas y una gran parte de ellas han sido mujeres de todas las edades que, por su condición sexual, han sufrido la peor parte. Vejadas, violadas, humilladas, esclavizadas y asesinadas, muchas mujeres del Sudán del Sur no han podido volver a lucir sus pelucas por culpa de una guerra absurda. Y aquel soldado del bazuca vestía con fanfarria una peluca de mujer, que ya estaba sucia y despeinada. Nadie se atrevió a preguntar de dónde lo había sacado.

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