Crisis

Sin desayuno

  • La inseguridad alimentaria en el Sudán del Sur afecta ya a seis millones de personas, la mitad de la población.
  • Un niño arrastra una rama hasta la cocina de la escuela de primaria de Aber (Sudán del Sur). Foto de Albert González Farran – WTI


     
    Un muchacho de poco más de siete años arrastra una rama enorme hacia su escuela de Aber, un pueblo perdido en la región de Lakes, en el Sudán del Sur. La escena es entrañable, porque responde a la obligación que los estudiantes tienen cada mañana antes de empezar las clases. Se trata de la condición de los profesores para que las cocineras puedan preparar el desayuno de los alumnos, a menudo la única comida que tienen en todo el día.

    Pero este joven muchacho no sabe que hoy se quedará sin desayuno. La mañana ha sido lluviosa en Aber y toda la leña que los niños y niñas han traído está húmeda. Las cocineras no la pueden utilizar y han decidido no trabajar.

    Pero nadie se queja. Todos a clase y mañana será otro día.

    Las espigadoras del Sudán del Sur

  • El hambre hace que muchos sursudaneses se agachen sin manías para aprovechar hasta la última migaja de comida.
  • Una mujer recoge los granos que han caído durante la distribución humanitaria de cereales en Ganyiel (Sudán del Sur). Foto de Albert González Farran – AFP.


     
    Años atrás vi el documental Los espigadores y la espigadora, de Agnés Varda, un trabajo que siempre he tenido impreso en la retina. Trata de todos aquellos colectivos que se dedican a recoger y aprovechar lo que otros tiran. Desde el instante que vi la película, me he encontrado con espigadores por todas partes donde he viajado, pero nunca tantos como en el Sudán del Sur. Aquí, la última migaja tiene un valor que en otros lugares no se tiene ni en consideración. Botellas vacías de plástico, agua encharcada, bolsas y periódicos … y sobre todo, en lugares donde las organizaciones humanitarias distribuyen comida, siempre hay un grupo de espigadoras que se agachan para recoger los granos de trigo que han quedado perdidos por el suelo. Es una tarea que para unos roza los límites de la dignidad humana, pero para otros es una lección de aprovechamiento de todo lo que se desperdicia.

    Arruinados de clase media

  • La clase media en el Sudán del Sur no sólo está desapareciendo. Se está arruinando.
  • 9 September 2016. Juba: Tabitha Eliaba, director of the Human Resources centre at the Juba University, South Sudan, is pictured in a classroom. Tabith, 43 years old, has 5 children and earns 13,000 South Sudanese pounds every month (less than 200 US dollars). Photo by Albert Gonzalez Farran9 September 2016. Juba: Tabitha Eliaba, director of the Human Resources centre at the Juba University, South Sudan, is pictured in a classroom. Tabith, 43 years old, has 5 children and earns 13,000 South Sudanese pounds every month (less than 200 US dollars). Photo by Albert Gonzalez Farran

    Tabitha, profesora de universidad, cobra 200 dólares al mes con los que tiene que mantener a cinco hijos. Foto de Albert González Farran

     
    Las recientes investigaciones de la plataforma The Sentry denuncian que líderes políticos del Sudán del Sur han hecho «desaparecer» durante los últimos años miles de millones de dólares procedentes de la ayuda internacional y ahora lucen sin vergüenza viviendas de lujo en el extranjero, cuentas bancarias millonarias y viajes de placer en primera clase y hoteles de cinco estrellas.
    Mientras tanto, el país está arrastrando una de las crisis humanitarias más duras de la historia y del planeta. Con una inflación que supera el 800%, cinco millones de personas con necesidad alimentaria urgente y 2,5 millones de desplazados y refugiados por culpa de una guerra civil interminable, el país está en quiebra total.
    Y la realidad más triste es que los ciudadanos de clase media, aquellos que tienen trabajos estables y más o menos importantes, y que se les supone el motor para sacar al país del pozo, no sólo están desapareciendo, sino que también se están arruinando. Médicos, profesores, funcionarios, empresarios… tienen sueldos ridículos que no sirven ni para cubrir los gastos médicos o el agua potable de sus familias.
    Betty, una enfermera que hace 24 años trabaja en un hospital de Juba, tiene ahora un sueldo devaluado de 10 dólares al mes, pero hace cuatro que no cobra porque no hay dinero en las arcas del ministerio. Moses, que regenta un puesto de fruta en el centro de la ciudad, ha enviado a su familia a Uganda para que en calidad de refugiados tengan comida asegurada; y Tabitha, una profesora de universidad con un sueldo «alto» de casi 200 dólares al mes, debe rezar para que sus hijos no se pongan enfermos y hagan peligrar la economía familiar.
    La clase pobre está aumentando de forma desesperada en el país más joven del mundo y pronto ya no quedará nadie para remontarlo.

    Podéis leer el artículo entero aquí (en inglés).

    Esta estúpida crisis no ha terminado

  • Muchos, sobre todo los políticos, presumen que el país se está recuperando de la crisis. Y no saben que la calle explica otra realidad.
  • 21 May 2015. Barcelona:  (Left) Yaya Ouahara collects food distributed by the local NGO Bona Voluntat en Acció, in Barcelona, as part of the food support program to help migrants and people at risk of exclusion. Yaya, 36 years old from Ivory Coast, arrived to Spain in 2009 by a small boat and after three years traveling through Africa. Yaya fled the civil war in his country and he recently got residence permit to stay in Spain permanently. Photo by Albert Gonzalez Farran, CCAR

    Un usuario de la ONG Buena Voluntat en Acción de Barcelona recoge comida como parte del proyecto de apoyo alimentício a extranjeros y personas con riesgo de exclusión social. Foto de Albert González Farran


     
    Aunque las cifras macro-económicas son el argumento para aquellos que creen que nos estamos recuperando, es obvio que pasearse por las calles de Barcelona o de cualquier otra ciudad española nos enseña una realidad muy diferente.
    La pobreza ha llegado a unos extremos que se está convirtiendo en una realidad normal y cotidiana. Nos estamos acostumbrando demasiado a ver gente durmiendo en los cajeros automáticos, en los parques o en los porches de los edificios; jóvenes y mayores revolviéndose dentro de los contenedores de basura para ver qué aprovechan; inmigrantes que son injustamente acusados de expoliar nuestro moribundo estado del bienestar; e incluso pequeños comerciantes que suplican ayuda a sus propios clientes. El cuadro es demoledor.
    Hemos alcanzado una dinámica en la que los que tienen dinero ya no ven a los que no tienen. Y los que no tienen, viven con una resignación dolorosa. Y mientras, aquellos que han convertido nuestra sociedad en un mercado, celebran que esta estúpida crisis ya termina.

    Duros como la piedra

    Displaced families in Labado

    Un gran amigo sudanés me dijo una vez que el pueblo de Darfur está hecho de una pasta especial. Cada vez que alguien les hace caer, los darfuríes se vuelven a levantar. Y así cada vez que sufren un revés, vuelven a ponerse de pie con orgullo y perseverancia. Hombres, mujeres, ancianos y niños, todos ellos con la dignidad que los caracteriza, reaparecen de entre los escombros con el objetivo de resistir. Y así una vez, y otra, y otra, de forma indefinida. Son una gente dura y resistente, como la piedra misma de la tierra que pisan.
    Labado, que en la lengua local significa «escondite», es una aldea ubicada en medio de la nada en el Darfur Este, entre las ciudades de Nyala y El Daein. Allí, desde los enfrentamientos que estallaron entre el ejército, las milicias y los movimientos rebeldes el pasado mes de abril, la población local ha quedado desamparada. Todos han abandonado sus hogares y han instalado precarias cabañas alrededor del campamento de las Naciones Unidas. No tienen asistencia médica, el acceso al agua y a la comida está limitado y no pueden seguir cultivando las tierras ni cuidar su ganado por temor a ser nuevamente atacados. Pero mientras que la ayuda humanitaria está aún por llegar, ellos no se quedan con los brazos cruzados y buscan subsistir con lo que casi no tienen. Y lo consiguen.
    El mismo amigo sudanés me dijo que lo único que necesita la gente de Darfur es que la dejen en paz de una vez. Nunca mejor dicho. No son estúpidos. Ellos ya saben cómo sobrevivir en su propia tierra. El problema es que hay alguien que parece empeñado en hacerles caer tantas veces como se levanten.

    No Newer Posts
    No Older Posts