Una habitación repleta de humanidad

En Àfrica, el debate sobre si los niños deben o no dormir con los padres no existe

Nueve niños y un adulto duermen en la habitación de una casa de Yambio, Sudán del Sur, en enero de 2017. © Albert González Farran – UNICEF

Cuando nace un niño o una niña en Mollerussa, Lleida, Berlín, Nueva York o Sidney, la mayoría de familias inician un debate sobre cuándo es el mejor momento para separar el bebé de los padres por la noche. Muchos coinciden en que, al cabo de seis meses, el niño debería acostumbrarse a dormir en su cama e incluso tener su propia habitación, dejando a los padres tranquilos para que puedan rehacer su relación nocturna de pareja. Otros más radicales lo hacen antes, y otros aún más radicales lo ejecutan con métodos drásticos, como el que popularizó el doctor Estevill, que aconsejaba dejar llorar al bebé ad nauseam hasta que obviamente se duerma de cansancio. Otras madres y padres de estas sociedades occidentales, que según estudios no llegan al 15%, se atreven a practicar el co-lecho, que significa dormir con los hijos e hijas hasta edades bastante avanzadas. Lo hacen mientras aún estén amamantando o incluso mientras todos juntos se encuentren a gusto entre las sábanas.
Pero en la mayoría del mundo, en toda África, en gran parte de Asia y en las zonas aborígenes de Sudamérica, este debate prácticamente no existe. Se da por hecho que duermen todos juntos. Por razones naturales y desde tiempos prehistóricos, las familias siempre han compartido el espacio nocturno. Pero además, en muchos otros casos, no hay ni siquiera la posibilidad de replantear una alternativa. La falta de espacio y la elevada natalidad les obliga siempre a dormir juntos. A veces, la situación llega a escenas extremas que cualquiera de nosotros describiría como angustiante.
Una mañana fría de invierno del año 2017 visité una familia de Yambio, al oeste de Sudán del Sur. Me dieron permiso para que fuera al amanecer, justo cuando se empezaran a despertar, para mostrar la situación en la que convivían. Me abrieron la puerta de una de las cabañas que tenían en casa y me mostraron la magnitud de su existencia. Una mujer adulta dormía sobre un somier, mientras que nueve niños lo hacían bien apretados en el suelo, cubiertos con sábanas gastados. Hacía frío y el contacto de sus cuerpos parecía que les daba calor mutua.
La situación en la ciudad de Yambio, por culpa de la guerra civil, era en ese momento insostenible. Los enfrentamientos en las aldeas vecinas habían empujado a más de 4.000 personas a refugiarse en casas de familiares y amigos de la ciudad. El desplazamiento por el conflicto estaba provocando el abandono de los pueblos y la saturación de Yambio. Y aquella habitación «asardinada» era una muestra más de lo que estaba pasando.
Cuando me abrieron la puerta, los primeros rayos de luz hicieron abrir los ojos perezosos de una buena parte de los niños medio dormidos. No lo negaré; ellos me esperaban desde la noche anterior y cuando me vieron alzando la cámara, no se sorprendieron. De hecho, mostraron una cara bien apacible. No parecía que tuvieran angustia por tener que dormir tan apretados, ni siquiera parecían molestos, ni un poco avergonzados de encontrarse en esa situación ante un fotógrafo extraño. Más bien, los que se despertaron me ofrecieron la frescura de aquellos ojos que han dormido bien, cerca del calor humano de los suyos.

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