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Foto-psicoanálisis

Senegalese troops

“Foto-psicoanálisis” es ciertamente una palabra que no encontraremos en el diccionario. La escuché por primera vez en una de las sesiones del Máster en Fotoperiodismo impartido por la Universidad de las Artes de Londres. La mencionó una de las alumnas de mi promoción, Stefania Mizara, haciendo referencia a la capacidad de los blogs para auto-analizar, para reflexionar sobre uno mismo, sobre el tramo recorrido, sobre la situación actual y sobre las aspiraciones de futuro. Los blogs no son simplemente una manifestación del ego, sino una buena manera de vomitar todas las dudas y certezas sobre una hoja de papel (bueno, sobre una pantalla), evaluarlas, analizarlas y, ¿por qué no?, permitir que alguien meta las narices y eche una mano.

Después de casi cinco años escribiendo en el blog de mi página web, puedo hacer una mirada atrás, ver mi evolución pasada y pensar en mi proyección futura. Es decir, puedo hacerme un ejercicio de “foto-psicoanálisis”.

Ya hace más de 12 años que agarré una cámara por primera vez en mi carrera profesional. Fue en 1999, trabajando para el diario Segre de Lleida, cuando entonces sólo tenía una idea vaga de lo que significaba el fotoperiodismo. Entonces, no pensaba en dedicarme plenamente, porque eran las letras mi principal obsesión.

Pero como que la mayoría de cosas no vienen nunca estudiadas ni previstas, el fotoperiodismo se me vistió como un guante. No porque me fuera bien (mis principios eran fancamente inmaduros), sino porque fue una vocación recién despertada. Y con este despertar, he ido pasando por las manos de diferentes mentores de los que, cada uno con su estilo y maneras, he aprendido algo. Casi nadie de ellos es (todavía) un referente documentado de la historia del fotoperiodismo, pero sí un elemento de máxima influencia en mi actividad diaria.

El perfil profesional de cada fotoperiodista está formado por una cuarta parte de materia innata y tres cuartas de ingredientes externos, aquellos que van alimentando durante toda una vida.

Y aquí me encuentro, en un episodio dulce de mi carrera profesional que se me ha calzado como un zapato hecho a medida. Trabajando en el Darfur (Sudán) para las Naciones Unidas es un caramelo que todavía estoy disfrutando. Es una de las mejores maneras que he encontrado de combinar los dos campos que más me apasionan: el fotoperiodismo y el desarrollo.

El timón lo llevo trabado en esta posición. No sé si algún día cambiaré el rumbo, pero de momento el sentido que me da la fotografía es porque está al servicio de la sociedad, para apoyar esfuerzos solidarios y a merced del Tercer y Cuarto mundos.

Y con estas coordenadas, mi barco sigue recibiendo la visita de todos aquellos que se me cruzan durante la ruta y, como no, de las mejoras tecnológicas con que el siglo XXI nos está bombardeando de una forma acelerada.

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