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La corta infancia de los afganos

El futuro de muchos niños afganos depende directamente de los padres que le han tocado.

Un niño toma una taza de te durante un descanso en la herrería de sus familiares en Kabul, Afganistán. Foto de Albert González Farran, UNAMA
Un niño toma una taza de te durante un descanso en la herrería de sus familiares en Kabul, Afganistán. Foto de Albert González Farran, UNAMA

Es cuestión de suerte. Si eres afgano y naces en el seno de una familia de herreros, te tocará picar hierro el resto de tu vida en un taller sucio y helado. Si afortunadamente tu padre es un tradicional fabricante de sombreros de caracul, muy típicos en el país, tendrás una vida menos dura cosiendo en un taller más cálido.

Según Unicef, uno de cada diez niños está obligado a trabajar en Afganistán. Es, según un estudio, el sexto país del mundo con el mayor índice de trabajo infantil.

Una regulación adoptada por el gobierno local en 2007 permite que todos aquellos que ya tengan 14 años puedan convertirse en aprendices. Pero dando una vuelta por los mercados de Kabul es fácil descubrir que niños aún mucho más jóvenes ya renuncian a la escuela porque sus padres los «necesitan» en el trabajo.

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