Una experiencia terapéutica
- Albert González Farran

- Mar 28
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Updated: Apr 6
Dicen que es un trabajo que engancha: cuidar abejas que te rodean con ese zumbido amenazante. Pero más bien es una bofetada de realidad

Las abejas son una especie amenazada. El cambio climático y la globalización hacen temer por el futuro de un insecto esencial, que no sólo nos endulza la vida, sino que sobre todo ayuda a mantener nuestros cultivos y todo el ecosistema. Pero no sólo la abeja está amenazada. También lo está el apicultor, que hoy en día se encuentra en un auténtico callejón sin salida. No sólo por las dificultades que tienen las abejas de sobrevivir en un mundo cada vez más complejo, sino también porque su actividad profesional es tristemente menos esencial en el mercado capitalista. Pocos jóvenes quieren dedicarse a ello, no precisamente por los peligros que parece comportar el ataque de las abejas, sino por una tarea que parece demasiado intensa y vocacional. Y es que en la actualidad la cultura del esfuerzo ya no está de moda.
Jaime Lapuente me abrió las puertas de su granja. "Será una experiencia terapéutica", me prometió. Y en cierto modo lo fue. Encontrarme dentro de un uniforme y sentir las abejas pasar por mi lado superó mis niveles óptimos de estrés. La única preocupación que tenía al principio es que una de las abejas lograra penetrar la malla que tenía ante los ojos y me clavara su aguijón. Pero después descubrí que las abejas tienen otras preocupaciones muy alejadas a la mía.
De las miles que volaron a mi lado, algunas aparentemente irritadas, ninguna se sacrificó para atacar mi vestido. Las abejas simplemente estaban desorientadas por mi presencia y deseaban volver a su trabajo habitual lo antes posible. Fecundar, polinizar, cuidar a su reina, proteger los huevos, llenar la colmena con néctar que las alimente en momentos de frío o de peligro... No hay más que preocupe a las abejas que su supervivencia. No la suya individual, sino la de toda la comunidad.
Y ésta fue precisamente la experiencia terapéutica. Darme cuenta de que yo no era lo importante, aunque a menudo me lo crea. La terapia fue revelarme de que formo parte de un todo, soy una minúscula parte de un engranaje que funciona, que parece perder su equilibrio, pero que nunca desaparecerá. Seguramente las vicisitudes harán que se transforme, que acabe con la existencia humana, pero nunca se detendrá. La vida va a continuar en sus formas más sostenibles, las más plausibles, seguramente sin nuestra inútil presencia.
Esa terapia fue efectiva. Una auténtica cura de humildad. Sacarme el uniforme al final de mi visita fue como renacer. Me confirmó que yo poco había importado a las abejas.