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Una experiencia terapéutica

Dicen que es un trabajo que engancha: cuidar a abejas que te rodean con ese zumbido amenazante. Pero más bien es una bofetada de realidad


Jaime Lapuente, apicultor de Lleida, cuidando abejas de una colmena ubicada en Llardecans. Foto © Albert González Farran
Jaime Lapuente, apicultor de Lleida, cuidando abejas de una colmena ubicada en Llardecans. Foto © Albert González Farran

Las abejas son una especie amenazada. El cambio climático y la globalización hacen temer por el futuro de un insecto esencial, que no sólo nos endulza la vida con su miel, sino que sobre todo ayuda a mantener nuestros cultivos y todo el ecosistema. Pero no sólo la abeja está amenazada. También lo está el apicultor, que hoy en día se encuentra en un auténtico callejón sin salida empresarial. No sólo por las dificultades que tienen las abejas de sobrevivir en un mundo cada vez más complejo, sino también porque su actividad profesional es tristemente menos esencial en el mercado capitalista. Pocos jóvenes quieren dedicarse a ello, no precisamente por los peligros que parece comportar el ataque de las abejas, sino por una tarea que parece demasiado intensa y vocacional. Y es que en la actualidad la cultura del esfuerzo ya no está de moda.


Jaime Lapuente me abrió las puertas de su granja. "Será una experiencia terapéutica", me prometió. Y en cierto modo lo fue. Encontrarme dentro de un uniforme y sentir las abejas pasar por mi lado elevó inicialmente mi índice de estrés. La única preocupación que tenía al principio es que una de las abejas lograra penetrar la malla que tenía ante los ojos y me clavara su aguijón. Pero después descubrí que las abejas tienen otras preocupaciones muy alejadas de la mía.


De los miles que volaron a mi lado, algunas de ellas aparentemente irritadas, ninguna se sacrificó para atacar mi vestido. Las abejas simplemente estaban desorientadas por mi presencia y deseaban volver a su trabajo habitual lo antes posible. Fecundar, polinizar, cuidar a su reina, proteger los huevos, llenar la colmena con néctar que las alimente en momentos de frío o de peligro... No hay más que preocupe a las abejas que su supervivencia. No la suya individual, sino la de toda la comunidad.


Y ésta fue precisamente la experiencia terapéutica. Darme cuenta de que yo no era la persona más importante, aunque a menudo me lo piense. La terapia fue revelarme de que formo parte de un todo, soy una minúscula parte de un engranaje que funciona, que parece perder su equilibrio, pero que nunca se detendrá. Seguramente las vicisitudes harán que se transforme, que acabe con la existencia humana, pero que nunca desaparecerá. La vida va a continuar en sus formas más sostenibles, seguramente sin nuestra presencia que nos creemos tan importante.


Esa terapia fue efectiva. Una auténtica cura de humildad. Sacarme el uniforme al final de mi visita me hizo dar cuenta de que, efectivamente, yo no había importado en ningún momento a las abejas.

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